Hebrón

Dios, el pastor de mi alma Pt. 1

“El Señor es mi pastor…” – Salmos 23:1 ‭(NTV‬‬)

El Salmo 23 es, probablemente, el salmo más conocido de toda la Biblia. Quizá es el pasaje que todo mundo conoce de memoria, aparte de la oración del “Padre nuestro”, sin importar la corriente teológica que profese cada persona. Estoy seguro que todos hemos escuchado este dulce salmo aún en películas como “El Libro de Eli”, entre algunas otras.

Creo, que no hay niño nacido en hogar cristiano, al cual sus padres no le hayan inculcado a orar este hermoso pasaje en todo momento. Es también, uno de esos capítulos de la Biblia que podemos orar en medio de la escasez, prueba y aflicción; podemos meditar en él a través de la enfermedad y el lecho de muerte. Hay gran paz, esperanza y gozo en estas palabras divinamente inspiradas por el Espíritu de Dios al pequeño pastorcito de ovejas, David.

Charles H. Spurgeon dijo lo siguiente de este salmo:

“Es la «Pastora celestial» de David; una oda magnífica, que ninguna de las hermanas de la música puede superar…Esta es la perla de los Salmos, cuyo fulgor puro y suave deleita los ojos; una perla de la que el helicón no tiene de qué avergonzarse, aunque el Jordán la reclama. Se puede afirmar de este canto deleitoso que si su piedad y su poesía son iguales, su dulzor y su espiritualidad son insuperables.”

Ciertamente, este salmo es para todo creyente. Aunque corto, en él hay espíritu y vida. Es una fuente de tesoros inagotables al cual podemos acudir en todo momento de nuestras vidas. ¿Estás sediento? ¿Estás hambriento? ¿Necesitas dirección en tu vida? ¿Te encuentras rodeado de sombras, oscuridad y muerte? Ven a este salmo, y refréscate en las aguas de reposo que el dulce pastor de tu alma tiene para ti.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Muy bien, ¿cómo es que hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento nos convertimos en ovejas de un pastor tan bueno? La verdadera condición de nuestras vidas es que estábamos perdidos, sin rumbo y faltos de esperanza. El profeta Isaías lo describe de esta forma:

“Todos nosotros nos hemos extraviado como ovejas; hemos dejado los caminos de Dios para seguir los nuestros” (Is. 53:6; NTV).

Nos descarriamos, nos salimos del redil. Estábamos muertos, sin vida espiritual en nosotros, por causa del pecado que tanto separa de una comunión perfecta con el Señor. Intentamos huir lejos de Él, pero dándose cuenta el pastor que le faltaba una oveja en su redil, salió a buscar a cada uno de nosotros para traernos de vuelta al verdadero hogar con una alegría desbordante (Lc. 15:1-7). Estábamos lejos de buscarlo, y aún en nuestros intentos de hallarle, finalmente Él nos encontró y nos amó profundamente.

El precio fue pagado. Sangre se derramó del cuerpo de la revelación visible del gran pastor, Jesús el Hijo de Dios, en aquella cruz.

“Nadie puede quitarme la vida sino que yo la entrego voluntariamente en sacrificio. Pues tengo la autoridad para entregarla cuando quiera y también para volverá a tomar” (Juan 10:18).

¡Aleluya! El mismo Dios que redimió al pueblo de Israel en el pasado de toda la opresión de los egipcios, y los guió por el desierto hasta la Tierra Prometida, es el mismo Dios encarnado en la persona del Hijo, que entregó su vida por amor a las ovejas para librarlas de la esclavitud del pecado, y llevarlas de regreso a casa. Desde el cielo descendió para rescatar a los suyos, y nadie puede arrebatarlos de su mano; el maligno ya no tiene potestad sobre de ellos; sencillamente, ya no puede tocarlos (Jn.10:29, 1 Jn. 5:18).

Gracias a este sacrificio glorioso es como podemos ser parte de este redil santo. En palabras del poeta podemos cantar: “He despertado en el redil, y no se como…“, porqué ninguno de nosotros alcanzamos a comprender la obra maravillosa de Dios al convertir a cada uno en ovejas de Él. Pero, lo que sí sé, es que por sola gracia, gracia abundante y amor eterno e inagotable, es que hemos sido traídos hasta este lugar, el hogar del pastor, para formar parte de una gran familia bajo su divino cuidado.

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